jueves, junio 22, 2006

Derecho a la vida o Derecho a la Muerte.

Muerte digna y conflicto moral.
Pensar en la Eutanasia es recorrer siempre el mismo camino con el cual fuimos criados para entenderla, por un lado recordar cual era su significado etimológico, lo que se traducía en un “buen morir” o “muerte sin sufrimiento físico”, y por otro corroborar que a pesar de que todos nos consideramos extremadamente liberales de pensamiento, aún no aceptamos esta “muerte digna” sin tener conflictos morales o éticos e incluso, en algunos casos, religiosos, adentro. Existen varios pensamientos que me atormentan al pensar sobre este controversial tema, pero quiero detenerme en sólo dos: mis valores y mi experiencia. Fui criado en un hogar con fuertes fundamentos cristianos, donde una de las frases que más escuché durante mi niñez fue la de que “sólo Dios da la vida, y sólo Él la puede quitar”. Sé que este juicio recién emitido es una verdad no negociable para más de un millón de personas, e incluso más…lo que sostengo sobre la base de personas seguidoras de religiones que mantienen el mismo postulado en nuestro país. Mis valores fueron fuertemente marcados por este planteamiento, e incluso, podría haberme considerado un “no a la eutanasia” hasta tres años atrás, mas mi experiencia fue llevándome a otros planos, a escenarios que me hicieron reflexionar y llegar a los principios mismos del porqué debía pensar o no lo que creía. Años atrás, mi abuela, persona a la cual hoy no tengo el placer de verla con vida, fue declarada paciente terminal por un cáncer al riñón. Cuatro meses fue el plazo médico, y no fue autorizada para ningún tratamiento paliativo. Mas fue tanta la desesperación de la familia que moviendo montañas y logrando una autorización médica, mi abuela fue consentida a someterse a una terapia. Para los médicos fue un milagro, “de un cáncer grado cuatro (terminal) pasó a ser declarada sana”, y si no hubiese sido por un pequeño tumor que quedó escondido entre una vértebra, y que por ser inoperable se ramificó a los pulmones, hoy quizás estaría aquí. También tenía un tío, que al ser avisado de la noticia de que mi abuela (su mamá) tenía un cáncer terminal, tomó raudo la carretera y viajo desde Concepción a Santiago. Resultó que al segundo día de encontrarse en la capital le dieron tres infartos cerebrales que lo hizo perder la capacidad de hablar, de movimiento, entre otras cosas, además de agravársele una hemorragia interna en su estómago. Si los médicos le daban medicamentos para disolver los coágulos de su cabeza, lo perdían por hemorragia interna, si le daban coagulantes, lo perdían por muerte cerebral. Falleció once días más tarde. La verdad yo espero no aburrirlos con mi historia, pero mi relato nos muestra dos escenarios empíricos, y me deja en lo personal varias reflexiones que dejaré abiertas para debatir. En relación al caso de mi abuela, pienso que los médicos se pueden equivocar tanto como confundir cuatro meses con más de dieciocho. Si mi abuela hubiese optado por la eutanasia, sólo para evitar el sufrimiento durante los últimos cuatro meses, ¿hubiese podido disfrutar de haber estado “sana” nuevamente?, ¿los médicos son capaces realmente de establecer plazos máximos los cuales los enfermos los toman, los internalizan y los sufren? ¿Fue la eutanasia la decisión de la familia de hacerla dormir durante sus últimos días para que no sufriera?¿la eutanasia es una decisión del enfermo o de la familia? En relación a mi tío, pienso que los doctores sabían que iba a morir, aún así mi tío fue conectado a una decena de máquinas y a tres cambios completos de sangre ($500.000 por cada uno), sometido a miles de tratamientos que con el juicio del tiempo no se justificaban sin tener como base el beneficio económico de la clínica o de la investigación médica. Fue una muerte diga la de mi tío. No, no lo fue. Sin lugar a duda debatir la eutanasia es complejo dado que se necesita una revisión de la ética social, me atrevo a llamar también a una revisión de la ética médica, yo en lo personal creo que podemos distinguir las eutanasias, existen eutanasias claras, como en el caso de mi tío, que no significan apurar la muerte, si no que hacerla digna, y existen otras que hubiesen sido mal aplicadas, como a mi abuela. Llamo a la reflexión. Llamo a ponerse en el lugar del otro. Llamo a meditar si muchos de los procedimientos que se ejecutan en Chile no son eutanasias disfrazadas, llamo a tomar decisiones y distinguir porque mientras se toman ese tipo de decisiones, sin duda alguna, muchos pacientes y familias se debaten entre principios morales establecidos por tradición o la necesidad de dar una muerte digna al familiar que sin remedio alguno, está desahuciado.
escribe:
JT.

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